La Historia de Cabezón

 Historia

Indice

  1.  Introducción
  2.  Edad Antigua
  3.  Edad Media
  4.  Epoca Moderna
  5.  Historia Contemporanea

Introducción

Cabezón de Pisuerga fue considerado siempre lugar de gran importancia estratégica y defensiva. En la campiña que riega el Pisuerga, desde Palencia hasta Valladolid, Cabezón es quizá el punto en que más cómodamente se atraviesa el río. La cercanía de las márgenes y la escasa profundidad de sus aguas lo han convertido, desde antiguo, en lugar privilegiado para el asentamiento y el control de paso. Al propio tiempo el Cerro de Altamira, situado sobre el río es pieza defensiva de extraordinario valor estratégico como punto fortificado y de observación. Dicho cerro da nombre al pueblo, ya que “Cabezo” es el término que tradicionalmente se daba a un cerro alto o cumbre de una montaña.

 Edad antigua

Por su situación estratégica y por hallarse situado en el amplio valle del río Pisuerga, es decir, en una de las grandes vías naturales de penetración de los invasores de la Meseta norte, es probable que esta zona haya estado habitada desde los tiempos más remotos. Los restos arqueológicos más antiguos hallados en Cabezón nos conducen hasta la Edad del Hierro y tal como hizo constar el célebre arqueólogo Federico Wattemberg, corresponden a un castro celtibérico vacceo. El más antiguo de estos poblados se hallaría probablemente en el Cerro de Altamira, donde han aparecido trozos de cerámica de pasta negra sin decorar correspondientes al período de la Primera Edad del Hierro.

Este famoso arqueólogo descubrió a su vez huellas de un antiguo castro o poblado fortificado indígena, posiblemente vacceo, en la margen izquierda del río. Los fosos y barrancos que lo rodeaban aún pueden percibirse en nuestros días. Constituiría seguramente un discreto núcleo residencial conectado al asentamiento principal y originario, ubicado en el cerro de Altamira.

El yacimiento La Ermita-Las Arenas está incoado para su declaración de Bien de Interés Cultural como Zona arqueológica desde 1987. En el Paraje de El Bosque, junto al actual cementerio, se han encontrado restos de cerámicas pintadas con círculos concéntricos y otras decoraciones simples; son también típicamente vacceas pero de una época posterior, pues están datadas en el siglo I a C. (Segunda Edad del Hierro). Por último, existen indicios celtibéricos junto a la iglesia de Palazuelos.

Estos castros vacceos se levantaban sobre poblados de adobe y madera. Se basaban en una economía básicamente agrícola, sobre todo de cereal, y practicaban el colectivismo agrario, con reparto de tierras, trabajo y frutos. Conocían técnicas avanzadas de artesanía (orfebrería, cerámica, etc.) y eran grandes guerreros tal como demuestran sus fieros y constantes enfrentamientos contra los invasores romanos: “Bajo el poder romano, los celtíberos se levantaron en armas (197 a C.) y la fortuna les sonrió algunas veces. Poco tiempo después el pretor de la Tarraconense tuvo que sujetar por la fuerza á los vacceos y carpetanos, repitiéndose un día tras otro lucha encarnizada entre romanos y españoles. Los celtíberos se coronaron de laureles en cien combates.” (“Los pueblos de la provincia de Valladolid”). No obstante, según Diodoro Sículo, se trataba del pueblo más culto de los celtíberos, con una lengua propia, conocimiento de la escritura y un fluido intercambio comercial con Tartessos por la que más tarde sería la Vía de la Plata.

Desde el año 2002, Cabezón recupera a mediados de agosto su pasado histórico más remoto con la Fiesta Vaccea de Lugnasac, una fiel representación de su forma de vida y un medio excepcional de divulgación de la más antigua de nuestras civilizaciones.

También podemos señalar que hay una presencia fragmentada del esplendor político de la gran Roma en las inmediaciones de Cabezón. La llegada de los romanos a la zona de Cabezón data del siglo II a C. tiempo en el que tendrían lugar los más sangrientos enfrentamientos entre vacceos y romanos. Durante siglos, ambas culturas sufrirán un proceso paulatino de asimilación, dando como resultado una cultura fuertemente romanizada, pero con idiosincrasia propia.

Parece ser que Cabezón ya en el siglo I era una civitates romana, basada en la fabricación de materiales de construcción con marcas de fabricante propias (“oma”) que serían comercializadas al resto de la península por medio de balsas por el Pisuerga o por la calzada. Es nuevamente Wattemberg quien señaló el paso de esta calzada por Cabezón, advirtiendo un vado sobre el río Pisuerga a la altura del pueblo actual, indicando que por dicho vado atravesaría la calzada romana que iba desde Astúrica (Astorga) a Clunia (Peñalba de Castro). Posteriormente los romanos levantarían un puente, que sería sustituido en la Edad Media por el actual.

De estos primeros tiempos de la invasión romana encontramos dos enclaves bien localizados:

-En El paraje de El bosque donde, junto a los restos vacceos, aparecen otros romanos tales como tégulas, mármoles, vidrios, cerámicas (especialmente de terra sigilata), pertenecientes al siglo I.

-En la margen derecha del río, a 1 km al norte de Cabezón, junto a la Iglesia de Palazuelos, donde se recoge un fragmento de cerámica de clunia, con un ave pintada.

Es, sin embargo, de la época tardorromana de la que encontramos los restos más espectaculares, en la Finca de Santa Cruz, a tres km del pueblo en la margen derecha del río. Era frecuente encontrar allí fragmentos de tégulas, ladrillos, piedras de construcción, basamentos de columnas, cerámica común y abundante terra sigilata. Por ello, en 1958 se decidió hacer una cata en la que se descubrió la existencia de un magnífico mosaico de 11 m. x 6.65m. si bien bastante deteriorado tanto por las crecidas del río como por las labores agrícolas. El mosaico representa una escena de la Ilíada, la lucha e intercambio de armas entre Glauco y Diomedes, enmarcado por un entramado geométrico de teselas rojas, negras y blancas. Perteneció a una villa romana datada en la segunda mitad del siglo IV y parece ser que formaba parte de una galería porticada sobre el río. En 1986, dado que se iba a realizar un trazado de canales sobre el terreno, el mosaico fue extraído. Actualmente está expuesto en el Museo Arqueológico de Valladolid. En prospecciones superficiales realizadas en este yacimiento de Santa Cruz, se han encontrado otros restos romanos, tales como un pequeño bronce, y una daga de hierro que podría fecharse antes del siglo IV.

Estos restos hallados nos confirman la existencia de una típica villae hispano-romana. En la Provincia de Valladolid están reconocidas como tal las del Monasterio del Prado de Valladolid, la de Santa Cruz de Cabezón, la de Becilla de Valderaduey y la de Almenara de Adaja.


Mosaico de Sta Cruz

Edad Media

El reino visigodo conquistó la península ibérica en el 415 en la época de transición de la Edad Antigua a la Edad Media. Los invasores bárbaros destruyeron los poblados y villas hispanorromanas de este término, cuando irrumpieron en la Meseta norte después de atravesar Vasconia y Cantabria. “Agradó tanto la región de los vacceos á los godos, cuando vinieron á España y la señorearon, que hicieron en ella grande parte de su asiento”. (Historia de la Santa Iglesia de Palencia).

Los lugares donde podemos encontrar restos visigodos en la provincia de Valladolid son escasos. En Cabezón, son varios los restos encontrados que evidencian la presencia de ocupación altomedieval:

  • En la granja de Santa Cruz se recogen restos de tégulas de pestaña triangular.
  • En el Pago del Convento, a un kilómetro al norte de Santa Cruz, donde aparecieron abundantes tumbas de inhumación hechas con lajas de piedra caliza.
  • En el cerro de Altamira o la atalaya, calificado de altomedieval por sus restos.
  • En el pago de El Cenizal, a un kilómetro al este de Cabezón, se encontraron restos cerámicos de esta época.
  • El Yacimiento La Ermita-Las Arenas es un lugar de larga ocupación, en cuyas prospecciones se ha constatado entre otros, restos de época visigoda.
  • Más al sur, prácticamente entre los términos de Cabezón, Santovenia y Valladolid, se halla el Pago de la Fuente Santa, donde se encontró una inscripción dedicada a las Ninfas.

En el siglo VIII los ejércitos musulmanes invadieron nuestra Península dando fin de esta forma al dominio visigodo. Desde la llegada de los musulmanes a la península (711), fue muy corto el período en el que la meseta dependió políticamente de los califas cordobeses. Ya a mediados del siglo VIII, se constata el repliegue de la población del norte del Duero hacia tierras del norte, provocando el consiguiente vaciamiento de estos territorios, que pasarían a ser, durante más de un siglo, una inhóspita frontera.

Encontramos pues en Cabezón, al igual que en toda la Cuenca del Duero, un “vacío histórico”, que nos habla sin embargo de una realidad: la huída como único medio de defender la forma de vida, las firmes creencias y costumbres de un pueblo ante un invasor militarmente muy superior. Estas gentes de la meseta se instalarán en las cordilleras del norte hasta finales del siglo IX, cuando, una vez preparados militarmente y con un fuerte sentimiento patriótico, se lanzarán a la reconquista de la península.

En el último tercio del siglo IX, las huestes cristianas del Rey Don Alfonso III el Magno reconquistaron todos los territorios situados al norte del Río Duero, entre los que se encontraba la comarca histórica del Cerrato. En el año 905, el citado monarca repobló y fortificó la villa de Cabezón, entonces denominada Cabezón de Cerrato, concediéndola varios privilegios. Por lo tanto, en el primer cuarto del siglo X es cuando, tal vez, fue construido el primitivo castillo medieval de Cabezón, que estuvo situado en el cerro de Altamira. En estos primeros tiempos de la Reconquista, Cabezón formaba parte del sistema defensivo vallisoletano, levantándose como una de las tres plazas fuertes, junto con Simancas y Tordesillas.

Esta fortaleza fue reconstruida posteriormente y con el pasar del tiempo volvió a derrumbarse antes de la edad contemporánea, manteniéndose sus ruinas hasta el año 1846. El primitivo casco urbano de esta villa estuvo rodeado de una muralla que enlazaba con el castillo para aumentar su eficacia defensiva. Dicha muralla poseía varias puertas almenadas. Según la tradición, era además una fortaleza subterránea, dotada con pasadizos hasta el río, por los que se dice que, en tiempos de asedio, bajaban a dar de beber a los caballos. La plaza fuerte de Cabezón tuvo singular importancia en los azarosos tiempos de la reconquista; sus impresionantes torres y murallas y su inmejorable situación estratégica la harían invulnerable a las embestidas enemigas.

En el siglo X la villa y plaza fuerte de Cabezón fue erigida en Cabeza de Alfoz, siendo gobernada por condes, bajo cuya jurisdicción se hallaban villas y aldeas de la zona. Cabezón fue repoblado centuria y media antes que Valladolid. Entre las poblaciones que pertenecían al Alfoz o territorio jurisdiccional de Cabezón se hallaba Valladolid, situada en la confluencia de los ríos Pisuerga y Esgueva “in territorium Cabezone”. “En la escritura que el Conde Pedro Ansúrez y su esposa Eylo otorgaron en 21 de Mayo de 1095 á Santa María la Mayor de Valladolid, dice el Conde: “site secus fluvium Pisorice in territorium de Cabezone, cuyas palabras justifican que Valladolid y su iglesia estaban comprendidos dentro del territorio de Cabezón. (“Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones”).

Entre sus mandatarios se encontraba Pedro Ansurez, señor que también lo era de Valladolid desde el año 1089, cuando el rey Alfonso VI donará Valladolid a Pedro Ansúrez como gratificación por sus servicios en la lucha por recuperar el reino de manos de su hermano D. Sancho. Desde entonces, Valladolid disfrutará de un desarrollo sin freno hasta nuestros días, pasando Cabezón a formar parte de su jurisdicción en 1243, cuando Fernando III el Santo agrega el municipio al concejo de Valladolid. Esta donación fue confirmada en 1255 por Alfonso X el Sabio, con lo que Cabezón continuará definitivamente el resto de su historia como parte del alfoz de Valladolid, con una población eminentemente agrícola y ganadera.

Comenzaba una época de trasiegos señoriales. El rey Alfonso VIII la dió en arras a su esposa Leonor de Inglaterra. En 1293, el rey Sancho IV donó a su físico Maestro Nicolás, el portazgo de Cabezón con “haceña, martiniega, caloñas, homecillos y demás derechos” (“Los pueblos de la provincia de Valladolid”, 1895). Éste, lo vendió a la reina María de Molina, quien lo cedió a las Huelgas de Santa María la Real de Valladolid. Finalmente, estas monjas lo arrendaron a Alonso Méndez.

En 1359, Pedro I puso cerco al castillo de Cabezón que estaba defendido por un alcaide en favor de su hermano bastardo el Conde Don Enrique. En el asedio, el alcaide fue traicionado por 10 de sus propios escuderos quienes le exigieron diez mujeres como pago para continuar a su servicio. El alcaide, fiel a su señor D. Enrique, entregó a las únicas que tenía: a su mujer y a su hija. Dos de los traidores no pudieron aceptar tal deshonra y solicitaron al alcaide que les dejara salir del castillo y una vez fuera explicaron al rey el motivo de su salida; y según dice el relato, el rey, indignado, “tractó con el Alcayde que se los entregase aquellos Escuderos, é dióle otros tantos fijosdalgos juramentados por el Rey que le sirviesen, é muriesen allí con el Alcaide. E así fué luego fecho, é entrególe el Alcayde los ocho escuderos: é luego el Rey fízolos quartear vivos, é después fízolos quemar” según cuenta Alonso Martínez de Toledo, capellán de Juan II, en el “Compendio Histórico Atalaya de las Crónicas” (Castillos y Tradiciones feudales de la Península Ibérica).

Ya en el siglo XV, Cabezón tiene un pequeño papel en los conflictos dinásticos que llevaron al trono a Isabel la Católica: Enrique IV “El Impotente”, tuvo tan solo una hija, Juana, conocida como la Beltraneja por creérsela hija del noble D. Beltrán de la Cueva. Tanto es así, que el propio rey pareció reconocer dicha ilegitimidad nombrando como sucesor a su hermano Don Alfonso tras celebrar los conocidos como los “Pactos de Cabezón”. Por tres veces se reunió el rey con sus partidarios en las cercanías de Cabezón en 1464. En la última de estas reuniones, dicho infante, “fue primeramente jurado por príncipe entre Cabezón y Cigales en una casa que ende ficieron de madera, viernes 30 de Noviembre de 1464” (“Cronicón de Valladolid”). Pero el príncipe Alfonso muere antes de llegar al trono, con lo que se reaviva el conflicto entre los partidarios de Dña. Juana y de Dña. Isabel, hermana del rey, quien en un principio contaba con el respaldo del propio Enrique IV pues la nombró Princesa de Asturias en el Pacto de Guisando. Cabezón se erigirá partidario de Isabel con Don Juan de Vivero a la cabeza, quien se hará fuerte en el castillo de Cabezón donde levantará la bandera de la princesa. Este acto le sería recompensado cuando en 1473, el rey Enrique IV de Castilla le concede un señorío con título de Vizconde de Altamira. En los últimos años, se le ha dedicado una amplia avenida del pueblo a este ilustre personaje.

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Epoca Moderna

El 21 de octubre de 1556, Carlos V pernoctó en Cabezón en su viaje de retiro hacia Yuste. Por deseo del soberano, no tuvo recibimientos solemnes y sólo accedió a entrevistarse con su nieto, D. Carlos, con quien conversó largo rato. Durante la charla, el infante interrogó a su abuelo a cerca de sus campañas militares. Tras este encuentro, dícese que el rey, alarmado por sus modales, comentó a su hermana Leonor: “me parece que es muy bullicioso; su trato y humor me gustan poco, y no sé lo que podrá dar de sí con el tiempo”. (Recordemos que el infante D. Carlos, era por entonces el segundo en la vía de sucesión al trono tras su padre, Felipe II; y, aunque murió muy joven, causó constantes escándalos por sus conspiraciones y escentricidades, hasta el punto de ser detenido y procesado por su propio padre por el intento de acuchillar en público al Duque de Alba). Al día siguiente, tras comer en Cabezón, el rey partiría hacia Valladolid.

Durante los años del reinado del vallisoletano Felipe II, serán varias las veces que el monarca se acerque a Cabezón para visitar el Monasterio de Santa María de Palazuelos. Está documentado que el 25 de agosto de 1592, pasó la noche en dicho monasterio, de donde partió hacia Tarazona para celebrar Cortes.

En julio de 1638, durante la guerra franco-española de los Treinta Años, Felipe IV reunirá a sus tropas en Cabezón para marchar a Fuenterrabía con el fin de enfrentarse a los franceses donde el ejército español consiguió una gran victoria.

Durante la Guerra de Sucesión, Cabezón recibió otra ilustre visita: la reina Mª Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V y madre de los reyes Luis I y Fernando VI. Fue una eficaz reina regente y una gobernadora competente, tanto es así, que fue nombrada Gobernadora y Administradora General cuando su esposo debió trasladarse a los escenarios bélicos.

Realizaba la Reina un viaje desde la Corte hacia Burgos para reunirse con su marido, parando a descansar en Cabezón, en la casa número 1 de la Calle del Río, aún habitada y sobre cuya puerta todavía se puede ver un escudo de piedra con las armas de España y Saboya, bajo el cual se hizo una placa conmemorativa de la visita con la siguiente inscripción: “Honró esta casa aposentándose en ella la persona real la Reina Nuestra Señora Doña María Luisa Gabriela de Saboya en 17 de Octubre de 1706”.

Escudo  Mª Luisa Gabriela de Saboya

Escudo/Mª Luisa Gabriela de Saboya

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Historia Contemporanea

El 12 de junio de 1808 el ejército español, dirigido por el general Don Gregorio de la Cuesta, sufrió una gran derrota en los campos de Cabezón por las huestes de Bonaparte. La Batalla de Cabezón está considerada como la primera batalla de la Guerra de la Independencia en Castilla.

Los ecos del 2 de mayo produjeron una reacción en la ciudad de Valladolid. Castilla no cuenta con un ejército regular, por lo que se procede al reclutamiento obligatorio de todos los varones de 17 a 40 años. García de la Cuesta logra reunir de forma precipitada una fuerza de unos 4700 milicianos, 300 unidades de caballería regular y 4 piezas de artillería. Lo que sería pomposamente llamado “el Ejército de Castilla” al que acuden en masa tanto estudiantes como incluso prelados. La insurrección vallisoletana fue interpretada como una amenaza por el ejército francés que pronto se pone en marcha desde Burgos para sofocarla. Ante este avance, Cuesta saca a la tropa de la ciudad, dirigiéndola hacia el norte.

El ejército francés preparó un destacamento al mando del General Lasalle, perteneciente al Cuerpo del Ejército francés dirigido por el Mariscal Bessieres que tenía órdenes de normalizar la situación en la ciudad de Valladolid, compuesto por unos 9.000 hombres.

La derrota fue fruto de la desigualdad de ambos ejércitos: el español, escasamente disciplinado y con deficiente armamento; y el galo, profesional, bien equipado y con una excelente moral. El gran error español fue recibir al invasor en campo raso, donde quedó enseguida manifiesta su inferioridad. La refriega fue corta y pronto se dio la señal de retirada. Sin embargo, esto no alivió al ejército patrio, pues la huída fue precipitada, causando grandes bajas: los que se replegaron hacia Cigales, fueron hechos prisioneros o acuchillados; muchos de los que huían hacia Valladolid se ahogaron al intentar cruzar el río a nado, y los que se aventuraron a cruzar por el puente, fueron blanco fácil de los fuegos franceses. Parece ser que incluso un destacamento de españoles emplazado al pie de la ermita de la Virgen del Manzano, no acertó a hacer distinciones entre ambos bandos, causando bajas entre los de su propio ejército.

En esta batalla los franceses comenten tristes actos de pillaje en el pueblo, entre los que destacar la imperdonable destrucción de la Ermita del Manzano, de la que un alma devota acertó a rescatar su virgen titular. Tras su rápida victoria, los franceses consiguen su objetivo de entrar en Valladolid ese mismo día.

Esta batalla fue recogida de este modo por el Conde de Toreno: “El general Lassalle marchó por el camino real, cubriendo el movimiento de su izquierda con el monasterio de bernardos de Palazuelos. El general Merle tiró por su derecha hacia Cigales con intento de interceptar a Cuesta si quería retirarse del lado de León, como pensaban los enemigos al verle pasar el río, no pudiendo achacar a ignorancia semejante determinación. La refriega no fue larga ni empeñada. A las primeras descargas, los caballos, que estaban avanzados y al descubierto en campo raso, empezaron a inquietarse sin que fueran dueños los jinetes de contenerlos. Perturbaron con su desasosiego a los infantes, y los desordenaron. Al punto diose la señal de retirada, agolpándose al puente la caballería, precedida por los generales Cuesta y D. Francisco Eguía, su mayor general. Los estudiantes se mantuvieron aún firmes; pero no tardaron en ser arrollados. Unos huyendo hacia Cigales fueron hechos prisioneros por los franceses, o acuchillados en un soto a que se habían acogido. Otros procurando vadear el rio o cruzarle a nado, se ahogaron con la precipitación y angustia. No fueron tampoco más afortunados los que se dirigieron al puente. Largo y angosto caían sofocados con la muchedumbre que allí acudía, o muertos por los fuegos franceses, y el de un destacamento de españoles situado al pie de la ermita de la Virgen del Manzano, cuyos soldados poco certeros más bien ofendían a los suyos que a los contrarios”(El conde de Toreno, Levantamiento, guerra y revolución de España).

Por su parte, el general de la Cuesta se dirigió con sus tropas supervivientes al norte de la provincia, a Benavente, donde se le unen los reclutas locales, los leoneses y un regimiento asturiano además del Ejército de Galicia comandado por Joaquín Blaque en el Bierzo. Este agrupamiento sería el origen de la Batalla del Moclín, en Medina de Rioseco, que se producirá el 14 de julio de ese mismo año.

Actualmente está en discusión una segunda batalla en Cabezón. El historiador Julio Valdeón niega esta posibilidad. Lo que si está constatado es que en 1812, el Duque de Wellington, aliado español en la guerra, ocupó Valladolid para evitar que fuera tomada por los franceses y, como medio defensivo, hizo volar uno de los ojos del puente de Cabezón.

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